En mi primer consulta con el doctor mi corazón latía a mil revoluciones por segundo. Venía de días de insomnio, de dormir no más de 1 o 2 horas por día, estaba desesperada en todo sentido, no me aguantaba más dentro de mi cuerpo. Todo había sido muy rápido además, sólo unos minutos antes estaba encerrada en el baño de mi trabajo llorando, y ahora estaba en un consultorio tratando de salvarme.
Hablé con el, y me acuerdo de lo primero que me dijo "A ti hay que hacerte dormir", y que razón tenía, mi mente ya no podía más, anhelaba unos segundos de sueño aunque fuera. Desesperada como estaba las preguntas salían de mi desordenadas y alborotadas, y entre ellas salió la pregunta de si me tomaba como paciente. Tenía una psicóloga que me trataba, y también una psiquiatra, pero evidentemente algo ahí no estaba funcionando bien. Así que en unos segundos decidí cambiar. Todo se decidía así, en cuestión de segundos. El es terapeuta y psiquiatra, así que ya no tendría que ir con dos personas sino que sólo con el. Me aceptó y acepté, todo comenzaba a tomar forma, todo apurado, rápido, sin pensar, fue todo más intuición que razonamiento.
Quedamos en que la próxima vez nos veríamos en mi casa. Me dio licencia para el trabajo, así que al otro día ya no volvía a trabajar por lo menos por un mes. ¡Qué alivio! Y el me iba a visitar en mi casa al comienzo del tratamiento, consideraba que así era mejor.
Llamé a mi psicóloga y me despedí, con culpa, con dolor porque el vínculo con ella era muy fuerte. Me despedí de mi psiquiatra también y comenzó la apuesta. La gran apuesta que hacía para ver si lograba un presente mejor. Cerré los ojos y aposté todas mis fichas al nuevo doctor.
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